En No fue un motín, Leandro Albani (nacido y criado en Pergamino) reconstruye con destreza pericial la cadena fáctica que marcó para siempre la calma chicha de aquella ciudad sojera del norte provincial. Lo hace cinematográficamente; fotograma por fotograma. Lo hace sin soslayar la dialéctica de un submundo punitivo que les exige a sus hacedores –policías, fiscales y jueces– mano dura, acusar por las dudas y condenas sin pruebas. Y lo hace poniendo en relieve las historias de las víctimas, los “nadies”, como él los denomina; vidas rápidas, malogradas por el hachazo de las leyes no escritas del apartheid.
Se trata de un relato coral, matizado por el punto de vista de Albani. Y aquello no es un hecho menor. Porque el encuadre es un acto moral. Cuando alguien encuadra también está contando quién es. No hay nada que describa mejor a una persona que su forma de mirar.
En ese contexto, la trama del incendio no es sino el esqueleto de otras cuestiones. Y su narración, una pequeña nave que se abre el paso a través del amenazante jadeo de una época.
(Ricardo Ragendorfer, en el prólogo)
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En No fue un motín, Leandro Albani (nacido y criado en Pergamino) reconstruye con destreza pericial la cadena fáctica que marcó para siempre la calma chicha de aquella ciudad sojera del norte provincial. Lo hace cinematográficamente; fotograma por fotograma. Lo hace sin soslayar la dialéctica de un submundo punitivo que les exige a sus hacedores –policías, fiscales y jueces– mano dura, acusar por las dudas y condenas sin pruebas. Y lo hace poniendo en relieve las historias de las víctimas, los “nadies”, como él los denomina; vidas rápidas, malogradas por el hachazo de las leyes no escritas del apartheid.
Se trata de un relato coral, matizado por el punto de vista de Albani. Y aquello no es un hecho menor. Porque el encuadre es un acto moral. Cuando alguien encuadra también está contando quién es. No hay nada que describa mejor a una persona que su forma de mirar.
En ese contexto, la trama del incendio no es sino el esqueleto de otras cuestiones. Y su narración, una pequeña nave que se abre el paso a través del amenazante jadeo de una época.
(Ricardo Ragendorfer, en el prólogo)